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La sonrisa

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El corazón alegre hermosea el rostro; Más por el dolor del corazón el espíritu se abate. El corazón entendido busca la sabiduría; Más la boca de los necios se alimenta de necedades.

Proverbios 15:13-14.

Hay algunos chispazos en la vida que nos permiten reconocer al otro, es posible saber la condición del corazón de un hombre mirando su rostro, sin importar quienes son, de dónde vienen y a dónde van. Así como también, es el mismo chispazo que nos permite identificar cuando hay dolor en su corazón y cuando no es más que simple alegría.

Muchos conocen bien El principito, un libro maravilloso escrito por Antoine de Saint-Exupéry. Es un texto que sin dejar de ser un cuento para niños, es también un recurso para estimular el pensamiento en los adultos.

Saint-Exupéry era un piloto de caza que luchó contra los nazis y murió en acción. Antes de la segunda guerra mundial, luchó contra los fascistas en la guerra civil española.

A partir de aquella experiencia, escribió un cuento fascinante con el título de La sonrisa (Le sourire). Aunque no está claro si la intención del autor era escribir un texto autobiográfico o de ficción.

Cuenta el autor que, capturado por el enemigo, lo confinaron en una celda. Por las miradas desdeñosas y el rudo tratamiento que recibió de sus carceleros, estaba seguro de que al día siguiente lo ejecutarían.

A partir de aquí, contaré la historia tal como la recuerdo, con mis propias palabras.

Estaba seguro de que me matarían, y me fui poniendo tremendamente inquieto y nervioso”.

Repasé mis bolsillos en busca de algún cigarrillo que pudiera haber quedado en ellos pese al registro y encontré uno que con manos temblorosas, apenas pude llevarme a los labios.

Pero no tenía fósforos; se los habían llevado. Por entre los barrotes, miré a mi carcelero que evitaba mantener contacto conmigo.

Después de todo, nadie intenta mirar a los ojos a una cosa, a un cadáver. Decidí preguntarle: ¿Tiene fuego, por favor? Me miró, se encogió de hombros y se acercó a encenderme el cigarrillo.

Mientras se acercaba para encender el fósforo, sin intención alguna, nuestros ojos se cruzaron. En ese momento, sin saber por qué, le sonreí. Quizá fuera por nerviosismo, tal vez porque cuando dos personas están muy cerca una de otra es muy difícil no sonreír. En todo caso, le sonreí.

En ese instante fue como si se encendiera una chispa en nuestros corazones, en nuestras almas: éramos humanos. Sé que aunque él no lo quería, mi sonrisa pasó a través de los barrotes y provocó otra sonrisa en sus labios.

Me encendió el cigarrillo y se quedó cerca, mirándome directamente a los ojos, sin dejar de sonreír. También yo seguí sonriéndole; ahora ya lo veía como a una persona, no como a un simple carcelero.

Pareció como si el hecho de que me mirara hubiera cobrado también una nueva dimensión.

¿Tienes hijos? —me preguntó… Si, mira, saqué la cartera y busqué las fotos de mi familia. Él también sacó las fotos de sus hijos y empezó a hablar de los planes y las esperanzas que ellos le inspiraban.

A mí se me llenaron los ojos de lágrimas. Le dije que temía no volver a ver nunca a mi familia, no poder llegar a verlos crecer. A él también se le humedecieron los ojos.

De pronto, sin decir nada más, abrió la puerta y sin añadir palabra me guío hacia la salida.

Ya fuera de la cárcel, silenciosamente y por callejas apartadas, me condujo fuera de la ciudad. Allí, ya casi en el límite, me dejó en libertad y sin una palabra más regresó.

Aquella sonrisa me había salvado la vida. Sí, la sonrisa… el contacto espontáneo, natural, no afectado entre las personas.

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